Cuentos de Camagüey • Cuento 2

La libreta de Camilo y las monedas del río

Arnaldito • Adriana • Camilo • Miguel

Camilo guardaba una libreta pequeña en el bolsillo de la camisa. No era bonita. Tenía manchas de café, una esquina mordida y hojas con letras apretadas. Arnaldito siempre pensó que allí el abuelo escribía poemas. Una tarde de lluvia, cuando el agua golpeaba el zinc como si quisiera entrar, Camilo le entregó la libreta. —Abrila. Arnaldito pasó las hojas. No encontró versos. Encontró números. “Pan — 3” “Clavos — 2” “Arroz — 5” “Trabajo de puerta — 12” “Préstamo a vecino — vuelve el lunes” —¿Esto es todo? —preguntó, un poco decepcionado. Camilo sonrió. —Esto me salvó más veces que la fuerza. Arnaldito se sentó junto a la ventana. Afuera, el río bajaba oscuro. —Pero son solo monedas. Camilo negó con la cabeza. —No. Son decisiones disfrazadas. Miguel apareció esa semana con una camisa nueva, hablando alto en la esquina. —Hay que gastar para verse grande —decía—. Si no, nadie te respeta. Arnaldito miró su mesa, sus zapatos gastados, la libreta de Camilo. Esa noche, Adriana pasó a devolver un libro y vio la libreta abierta. —Qué raro —dijo—. Parece aburrida… pero da paz. Arnaldito no respondió. Tocó con la yema del dedo una hoja donde Camilo había escrito: “Lo pequeño que se cuenta, crece. Lo pequeño que se ignora, manda.” Al mes, Miguel estaba vendiendo su reloj. Arnaldito, en cambio, compró otra jarra, arregló la mesa y guardó una parte en un sobre. Un domingo, mientras el río sonaba lejos y la casa olía a café, Camilo le preguntó: —¿Ya entendiste para qué era la libreta? Arnaldito cerró el cuaderno con cuidado. —Sí, abuelo. No era para contar monedas. Era para no perderme. Camilo asintió, como asienten los árboles cuando pasa el viento correcto.