Cuentos de Camagüey • Cuento 1

El puesto de limonada bajo la ceiba

Arnaldito • Adriana • Camilo • Miguel

Arnaldito tenía una mesa coja, una jarra de vidrio y una sombra prestada por una ceiba vieja de la esquina. —Con eso no se empieza nada —dijo Miguel, pasando con los zapatos limpios y la risa suelta. Arnaldito no respondió. Exprimió los limones despacio, como quien aprende a escuchar. Camilo, su abuelo, sentado en una silla baja, lo miraba con los ojos de quien ya vio muchas lluvias. —No vendas limonada —le dijo—. Vende alivio. Arnaldito frunció el ceño. —¿Y eso cómo se vende, abuelo? Camilo señaló la calle. El sol caía duro sobre los albañiles, los ciclistas y las madres con bolsas en la mano. —Miralos bien. El que observa, encuentra oro. Al día siguiente, Arnaldito no gritó “¡limonada!”. Puso un cartel hecho con carbón: “Limonada fría con hierbabuena para el calor de las 3” Y al lado, otro más pequeño: “Si venís cansado, la segunda mitad te la guardo.” A las tres y cuarto, ya no tenía jarra. Adriana pasó por allí, con un libro apretado contra el pecho y una sonrisa que parecía conocer un secreto. —Tu limonada está rica —dijo—, pero el cartel vende más que el azúcar. Arnaldito se quedó mirándola como si le hubieran cambiado el nombre al viento. Esa noche, Miguel volvió. —Tuviste suerte. Camilo carraspeó desde la silla. —La suerte visita al que está abierto. Durante semanas, Arnaldito fue cambiando pequeñas cosas: menos agua, más hielo; mejor sombra; vasos limpios; una palabra amable; una libreta para anotar quién volvía. Ya no tenía una mesa coja. Tenía clientes que lo buscaban por su nombre. Y cuando alguien le preguntaba cuál era su secreto, Arnaldito miraba la ceiba, sonreía un poco y decía: —Aprendí a venderle al calor, no al limón.