Cuentos de Camagüey • Cuento 3

El farol de Adriana y la sombra de Miguel

Arnaldito • Adriana • Camilo • Miguel

En el barrio se fue la luz tres noches seguidas. La primera noche, todos se quejaron. La segunda, Miguel salió a gritar en la esquina que el pueblo estaba perdido. La tercera, Adriana encendió un farol. No era grande. No era nuevo. Pero alumbraba lo suficiente para ver las manos. Arnaldito la encontró en el portal, leyendo en voz baja para dos niños y una señora que tejía sin apuro. —¿Y si se apaga? —preguntó él. Adriana levantó la vista. —Entonces prendemos otro. Miguel pasó por la calle riéndose. —¿Con un farol vas a cambiar algo? Adriana volvió a leer, como si la burla fuera un mosquito sin dientes. Camilo llegó más tarde, con una cajita de fósforos y una sonrisa breve. —La oscuridad siempre habla duro —dijo—. La luz no necesita gritar. A la noche siguiente, Arnaldito llevó una vela. El panadero llevó otra. Una vecina trajo café. Un niño llevó una silla pequeña. Lo que empezó como un farol terminó siendo una ronda. Y en la ronda, mientras las sombras bailaban en las paredes, Arnaldito entendió algo que no supo decir en ese momento: que hay personas que discuten con la noche, y otras que encienden algo. Miguel dejó de pasar por esa esquina. Tal vez porque la risa se le veía más sola cuando había luz. Una semana después volvió la corriente. Las bombillas se encendieron. Todo parecía normal. Pero desde entonces, algunas tardes, sin que se fuera la luz ni nada, la gente se reunía igual en el portal de Adriana. No por necesidad. Por dirección. Y Arnaldito, cuando sentía que el día se le nublaba por dentro, se sentaba cerca del farol apagado y sonreía, porque ya sabía dónde se aprendía a ver.